La mansión estaba sumida en una penumbra acogedora. A diferencia de la gala, no había orquestas ni cámaras, solo el crepitar de la leña en la chimenea del comedor privado y el aroma a vino tinto envejecido.
Dante ya estaba allí, sentado a la cabecera de la mesa. Se había quitado la chaqueta y la corbata; los primeros botones de su camisa blanca estaban abiertos, revelando el borde del vendaje blanco en su hombro. Se veía menos como un CEO y más como un guerrero descansando tras la batalla.
—Te