Dante se había quedado dormido bajo el efecto de los analgésicos, pero su mano seguía rodeando mi muñeca, incluso en sueños. Me quedé sentada en el borde de su inmensa cama, observando cómo su pecho vendado subía y bajaba con dificultad. El silencio de la mansión era absoluto, un contraste violento con el caos de la gala, pero en mi mente, el ruido no cesaba.Miré mis manos. Aún quedaban rastros de sangre seca bajo mis uñas. Sangre de Dante. Sangre que se mezclaba con los recuerdos de otra sangre, una más antigua, que nunca había logrado limpiar de mi memoria.Cerré los ojos y, de repente, ya no estaba en una mansión de lujo. Tenía diez años y estaba escondida en el armario de nuestra pequeña cocina en el barrio bajo.A través de las rendijas de la madera, veía a mi madre, Sofía. Ella era la mujer más hermosa que conocía, con una risa que iluminaba nuestro apartamento de dos habitaciones. Pero esa noche, su risa se había apagado. Mi padre, un hombre cuya memoria yo había decidido borr
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