Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz de los flashes era tan cegadora como el frío de los Alpes. Estaba de pie en el vestíbulo del Centro de Convenciones de Ginebra, luciendo un vestido de seda blanca que evocaba una pureza que yo ya no sentía. A mi lado, Dante, con el brazo aún en cabestrillo bajo su traje hecho a medida, proyectaba una imagen de poder invulnerable. Éramos la pareja perfecta: el magnate herido y su devota prometida, anunciando una donación de diez millones de dólares a la lucha contra la ludopatía.







