La última noche en los Alpes no fue de descanso. El aire en la cabaña de cristal ya no olía a romance, sino a ozono y a estrategia. Sobre la mesa de roble, donde días antes habíamos compartido una cena silenciosa, ahora se extendían planos de seguridad, organigramas corporativos y estados de cuenta encriptados.
Dante me observaba desde la penumbra, con una copa de coñac olvidada en su mano. Yo no era la misma mujer que había llegado allí temblando de miedo. Llevaba puesto uno de sus jerséis de