El rugido del motor del jet privado fue reemplazado por el silencio absoluto de las cumbres nevadas. Habíamos dejado atrás el caos de la ciudad y las amenazas de Kaelen para refugiarnos en el santuario personal de Dante: una cabaña de diseño vanguardista, incrustada en la ladera de una montaña privada en los Alpes.
—Aquí nadie puede encontrarnos —dijo Dante, bajando del todoterreno que nos llevó desde la pista de aterrizaje hasta la puerta de madera maciza—. Ni la prensa, ni mis enemigos, ni tu