La mansión Volkov, tras el caos sangriento de los Alpes, se sentía más que nunca como una jaula de cristal reforzado. El ala médica privada estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el pitido rítmico y monótono de los monitores que vigilaban la recuperación de Dante. El aire olía a una mezcla estéril de antiséptico y el perfume de sándalo que parecía emanar de la propia piel de Dante. Yo me encontraba sentada en un sillón de cuero junto a su cama, vistiendo un conjunto de se