La mañana en la Torre Volkov comenzó con una tensión eléctrica. Aunque el hombro de Dante seguía vendado bajo su impecable traje italiano, él se negaba a descansar. Su terquedad era su armadura. Yo caminaba a su lado por el pasillo principal, intentando mantener el ritmo de sus zancadas seguras, cuando un alboroto en la recepción rompió la armonía de acero y cristal del edificio.
—¡Que me suelten! ¡Sé que mi hermana está aquí! —Los gritos resonaron, cargados de una desesperación que conocía dem