Capítulo 31. Enemigos silenciosos
La noche había caído sobre Buenos Aires, y con ella, una calma engañosa cubría la ciudad. En la mansión Montenegro, las luces cálidas contrastaban con la tensión latente en el ambiente. Edgardo, con la camisa remangada y el ceño fruncido, revisaba informes en su despacho. Uno de sus hombres acababa de entregarle un sobre con fotos: Luis Morgan había sido visto saliendo de una casa de apuestas en Villa Lugano. Otra deuda. Otro problema.
—¿Cuánto sacó esta vez? —preguntó sin levantar la vista.
—S