Capítulo 30. Silencios que arden
La mansión Montenegro dormía en un silencio apenas interrumpido por el leve crujir de las ramas agitadas por el viento nocturno, pero dentro, en los pasillos oscuros, el ambiente era todo menos tranquilo.
Rebecca no podía dormir.
Llevaba horas dando vueltas en la cama. La conversación que tuvo con Hernán, su padre, había sido un detonante inesperado. Él le había pedido algo que no podía darle: comprensión. Después de años de abandono, que estaban justificados a pesar de que su corazón se nega