Capítulo 32. Ecos de traición y susurros de amor
La noche había caído sobre Buenos Aires con una intensidad húmeda, como si la ciudad entera contuviera el aliento. En la mansión Montenegro, los ventanales dejaban pasar apenas la silueta de la luna sobre los pisos relucientes. Todo parecía en calma, pero nada lo estaba realmente.
En algún lugar del centro porteño, Teresa se encontraba sentada frente a Elías en una suite privada del Hotel Alvear. El ambiente no era romántico, era tenso. Cada palabra meditada, cada movimiento calculado.
—No m