Natalia terminó de hablar y pasó a su lado con paso firme, sin mirarlo, dejándolo parado en medio de la sala como una estatua rota. Alessandro quedó desconcertado, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, un torbellino de rabia y frustración ardiéndole en el pecho por no haber logrado doblegarla como deseaba. Lo único de lo que estaba seguro, mientras la veía alejarse hecha un mar de lágrimas, era de que no la dejaría ir nunca.
Ella, con el rostro empapado y los labios temblorosos, se ma