Ella no pareció intimidarse. Con la naturalidad de quien conoce los códigos, se sirvió coñac, sorbió y se pasó la lengua por los labios como quien marca territorio.
—Tú siempre lo eres —replicó—. Esa cara tuya es de mujer. Te leo como un libro abierto: solo una fémina puede ponerte así.
Él entrecerró los ojos, dejando escapar una mueca que bordeaba la ironía y el cansancio.
—¿Adivina ahora? —musitó.
Rubí ladeó la cabeza con aire triunfante.
—No solo en la cama me defiendo —dijo en voz baja—. Te