Alessandro sonrió con suavidad y le tomó la mano. Tiró de ella con delicadeza hasta llevarla hacia unos grandes cojines dispuestos en el suelo, justo frente al balcón, donde la vista a los viñedos se extendía imponente bajo el cielo encendido por el atardecer.
—Te he traído aquí porque no quiero interrupciones —dijo él, acomodándose muy cerca de ella.
Natalia trataba de aferrarse a su enojo, como un escudo frágil. No quería ceder, no quería sentirse débil. Sin embargo, la cercanía de Alessandro