Natalia se sentía acorralada por todo lo que estaba viviendo. Caminó sin rumbo, hundida en un torbellino de pensamientos, hasta llegar a Park Avenue. Sin saber bien por qué, se detuvo frente a la Grand Central Terminal. Alzó la vista y dejó que la vista se le llenara de mármol y piedra: la gloria del comercio —Minerva, Mercurio y Hércules— vigilando desde lo alto, y justo debajo, el reloj de cristal de Tiffany custodiado por las águilas.
Entró a la estación como quien busca perderse entre la mu