El ático de la Quinta Avenida era un santuario de cristal suspendido sobre el abismo de Nueva York. Esa noche, el estruendo de la ciudad se sentía lejano, como un rumor sordo que no podía atravesar el blindaje de nuestra burbuja de lujo. La cena había sido un despliegue de opulencia silenciosa: ostras frescas, vino de las bodegas más antiguas de Creta y una tensión erótica que vibraba entre Mavros y yo con la intensidad de un cable de alta tensión a punto de romperse.
Mavros se había despojado