El aire en el salón subterráneo de la Casa de Seguridad en Long Island estaba saturado de un aroma a cuero viejo, whisky de malta y la electricidad estática de la traición inminente. El lugar no era un calabozo, sino un teatro de lujo diseñado para la humillación. Mavros había orquestado todo con una precisión que rozaba la psicopatía: cámaras de alta definición transmitiendo en un canal encriptado a las diez familias más influyentes de Europa, una iluminación cenital que caía como un juicio di