La niebla escocesa ya no era un velo poético; era un sudario que se filtraba por las rendijas del castillo, trayendo consigo el eco de motores diesel y el chirrido de neumáticos sobre la turba mojada. Dentro de la torre, el aire era tan denso que se podía cortar con el mismo cuchillo que Mavros sostenía contra la mesa. Me miró una última vez, y en sus ojos grises ya no vi al carcelero, sino al hombre que había decidido que, si íbamos a arder, lo haríamos juntos, envueltos en la misma bandera de