El humo de los incendios de la noche anterior todavía se enroscaba perezosamente en las columnas de mármol de la mansión Kyriakos, tiñendo el amanecer de un gris fúnebre. El aire sabía a ozono, pólvora y a la sangre que se había secado sobre las alfombras persas. Me encontraba en la terraza principal, observando cómo un equipo de limpieza —hombres que no hacían preguntas y cuyas caras nunca saldrían en las noticias— retiraba los restos del "Verdugo" y sus sicarios de Sinaloa. El paraíso que Mav