Atenas amaneció con un brillo metálico, como si el sol mismo supiera que los cimientos del poder mundial habían cambiado de dueño durante la madrugada. En la mansión Kyriakos, el aire ya no olía solo a salitre; olía a la arrogancia de los billones. Catorce mil millones de euros descansaban ahora en nuestras cuentas, una cifra que nos convertía en dioses para algunos y en el objetivo más valioso del planeta para otros. Mavros estaba en el balcón de nuestra suite, con los ojos fijos en el horizon