La medianoche en la mansión Kyriakos no trajo paz, sino el silencio absoluto y opresivo que precede a una ejecución. El olor a salitre del Egeo había sido reemplazado por un aroma químico: combustible y pólvora. Mavros estaba en el vestíbulo principal, una visión de guerra pura con su chaleco táctico sobre el torso desnudo y el sudor brillando bajo la luz de emergencia. Tenía una escopeta de combate en la mano y la mirada de un hombre que ya ha aceptado que su hogar puede convertirse en su pira