La frontera francesa era una línea invisible en medio de la negrura de los Alpes, pero al cruzarla, sentí que el aire cambiaba. Ya no era el oxígeno gélido y aristocrático de Ginebra, sino un aire que olía a asfalto y a una libertad que me sabía a cenizas. Estábamos en una casa de seguridad en las afueras de Annecy, una estructura de madera y piedra que se fundía con el bosque. Arthur, mi padre, estaba sentado frente a una terminal de satélite, con sus dedos largos moviéndose sobre el teclado c