El puerto del Pireo siempre había sido el corazón palpitante del imperio de Mavros, un laberinto de contenedores y grúas que olía a sal, diesel y a la lealtad inquebrantable de los hombres que él mismo había criado. Pero cuando el coche blindado se detuvo frente a las puertas principales de la zona de carga, el aire que entró por las rejillas de ventilación traía un aroma diferente. No era el jazmín de Atenas ni el frío de Ginebra; era el olor rancio de los puros italianos y de un aceite de oli