La niebla de Manhattan se arrastraba por las calles como un sudario gris, ocultando los pecados de una ciudad que nunca dormía, pero que siempre guardaba secretos. Eran las tres de la mañana cuando el teléfono encriptado de Mavros vibró sobre la mesita de noche del ático. No hubo tono de llamada, solo un mensaje de texto que iluminó la habitación con una luz azul gélida: "Muelle 47. El aprendiz siempre vuelve al maestro cuando la deuda sangra. Ven solo, o la próxima nana de Leonidas será el sil