El cielo de Nueva York nos recibió con una capa de nubes de color plomo y una humedad que se pegaba a la piel como el recuerdo de una traición. El jet privado de Mavros aterrizó en un hangar exclusivo del aeropuerto de Teterboro, lejos de las miradas curiosas de la prensa y de la eficiencia rutinaria de la aduana. Al abrirse la escotilla, el aire frío y metálico de la Gran Manzana me golpeó el rostro, despertando fantasmas que creía haber enterrado en el mármol de Atenas.
Mavros bajó primero, c