El viento de los Alpes aullaba contra los muros del Castillo de Hielo con una furia que parecía querer arrancar la piedra de la montaña, pero dentro de la suite principal, el silencio era mucho más aterrador. La nieve roja del exterior había sido limpiada por la tormenta, pero el rastro de la guerra legal que los Van der Bilt habían desatado estaba manchando cada rincón de nuestra existencia. Eran las tres de la mañana y Mavros no estaba en la cama. Lo encontré en su despacho, rodeado de pantal