El cielo sobre Atenas no lloraba la caída de su Rey; ardía con un sol de justicia que golpeaba las columnas de mármol de la mansión Kyriakos como si quisiera evaporar los pecados que se escondían tras sus muros. El Gulfstream había aterrizado hacía apenas una hora, y el eco de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Mavros en los Alpes todavía resonaba en mi mente como una campana de guerra. Pero no había tiempo para el luto. La noticia de la entrega de Mavros al Tribunal de La Haya se habí