El estruendo de la primera explosión en el perímetro sur de la montaña hizo que las finas copas de cristal de la suite principal vibraran con un tintineo agónico. Me encontraba de pie frente al ventanal, con las manos apretadas contra mi vientre de dieciséis semanas, viendo cómo pequeñas columnas de humo negro ensuciaban la blancura inmaculada de los Alpes suizos. Mavros se había marchado hacía menos de una hora, transformado en el diablo de las sombras, con un fusil de asalto al hombro y una m