La mañana en Atenas amaneció con una neblina inusual que subía desde el Pireo, envolviendo las columnas de la mansión Kyriakos en un abrazo mortuorio. El incidente del "regalo" de Ambrose seguía vibrando en las paredes de mármol como un zumbido eléctrico. Mavros apenas había dormido, patrullando la suite con la mirada fija en el horizonte, su mano siempre buscando el contacto de mi vientre como si temiera que el simple pensamiento de su enemigo pudiera arrebatarle nuestro futuro. Yo me sentía p