La noche en Atenas no trajo descanso, sino una neblina espesa que subía desde el puerto como el aliento de los fantasmas que Mavros había acumulado en su ascenso al poder. El encuentro con los detectives de Nueva York había dejado un rastro de azufre en el aire de la mansión; la legalidad del Upper East Side había intentado arañar las paredes de nuestra fortaleza y se había marchado con las manos vacías, pero ambos sabíamos que el Departamento de Estado no se daría por vencido tan fácilmente.
M