La tarde en la mansión Kyriakos se desmoronaba en tonos de violeta y oro, una calma engañosa que yo ya había aprendido a no creer. Estaba sentada en el solárium, rodeada de las plantas exóticas que Mavros hacía traer de medio mundo para que el aire que yo respiraba fuera "puro", cuando el sonido de pasos acelerados rompió el silencio de mi lectura. No eran los pasos rítmicos de los guardias, sino el trote nervioso de un mensajero.
Spiros entró primero, con el rostro más pálido de lo habitual. E