El amanecer en Atenas entró por el ventanal de la suite con una suavidad que me resultó casi ofensiva. Me desperté con el peso familiar de la pierna de Mavros sobre las mías y su brazo rodeando mi cintura como un cinturón de castidad de carne y hueso. A pesar de que habían pasado semanas desde la masacre de Ambrose en esta misma habitación, el aire aún conservaba para mí el rastro metálico de la pólvora, aunque Elpida hubiera hecho fregar el mármol con esencias de sándalo y rosas hasta que los