El hospital privado en las colinas de Kolonaki no era un centro de salud convencional; era una fortaleza de cristal y tecnología de punta que Mavros había hecho cerrar exclusivamente para nosotros. No quería salas de espera compartidas, no quería miradas de extraños y, sobre todo, no quería que nadie que no hubiera pasado por un riguroso control de antecedentes tocara mi piel. La caravana de seguridad rodeaba el edificio como un cinturón de castidad de acero, mientras nosotros subíamos al ala d