El eco del latido de mi hijo, ese pum-pum de acero y seda que había escuchado en el consultorio del Dr. Aris, seguía resonando en mis oídos como una marcha fúnebre para mi antigua vida. Atenas se extendía bajo el balcón de la mansión Kyriakos, bañada en una luz de atardecer que teñía el mármol de un naranja sangriento. Mavros se había marchado hacía una hora a una reunión de emergencia en los muelles; su paranoia tras la confirmación del embarazo lo obligaba a revisar personalmente cada cargame