La mañana en Atenas nació con una claridad hiriente, como si el cielo mismo se hubiera limpiado para presenciar el cambio de guardia en el Olimpo de la mafia. En la mansión Kyriakos, el ambiente no era de celebración, sino de una tensión eléctrica que hacía que los guardias se mantuvieran más rectos y que el servicio caminara de puntillas. Tras el episodio de las náuseas matutinas, Mavros había pasado de ser un marido posesivo a ser un dictador de la salud.
—Mavros, puedo ponerme los zapatos yo