El sol de Atenas comenzaba a ocultarse tras las columnas del Partenón, tiñendo el cielo de un rojo violento que parecía presagiar más derramamiento de sangre. Regresé a la mansión escoltada por Spiros y mis cuatro sombras armadas, cargando bolsas de Dior y Chanel que se sentían como plomo en mis manos. Pero el peso real no estaba en las compras de lujo, sino en el secreto que palpitaba en mi vientre y en el silencio de mi cuerpo. El retraso ya no era una sospecha; era una realidad que gritaba e