La fortaleza en las montañas de Creta no era un refugio; era un mausoleo de piedra caliza y secretos ancestrales que colgaba sobre el abismo del mar de Libia. El trayecto desde Atenas había sido un borrón de luces de emergencia y el rugido de los motores de los coches blindados, pero el silencio que ahora reinaba en la estancia principal de la fortaleza era mucho más ensordecedor. Mavros me había subido por las escaleras de caracol con una urgencia que ya no me parecía protectora, sino posesiva