El cielo de Atenas se había teñido de un gris plomizo, como si los dioses del Olimpo hubieran decidido guardar luto por la caída definitiva de los Moretti. El helicóptero descendió sobre la azotea de la mansión Kyriakos con un rugido que me taladraba los oídos, pero el verdadero estruendo estaba dentro de mi pecho. Mi padre estaba muerto. Arthur, el hombre que me compró mi primer caballo y que después me vendió como si fuera uno, ya no existía. Solo quedaban sus errores y yo, atrapada en las ga