El despertar en la cabaña de las montañas de Parnaso fue lo más parecido a la paz que había experimentado en toda mi vida. La luz grisácea del alba se filtraba por las pesadas cortinas de lino, bañando la habitación con una suavidad irreal. Me sentía pesada, envuelta en el calor de los brazos de Mavros, que seguía dormido a mi lado, respirando con una lentitud rítmica. Su brazo, una masa de músculo y tatuajes, rodeaba mi cintura con una posesión que ya no me asfixiaba, sino que me anclaba.
Bajé