La luz del amanecer sobre Kythira no era una bendición, sino una fría caricia dorada que desnudaba los estragos de una guerra silenciosa. El humo de las explosiones de la fosa de Milos se había disuelto en la inmensidad del mar Egeo, pero el silencio que reinaba en la terraza principal de la villa se sentía denso, casi sólido, como el mármol de las columnas que sostenían el techo de nuestra fortaleza. Los niños, Leonidas y Ligeia, dormían en el ala norte bajo el escudo electrónico de Byzantium