El ronroneo de los tres motores de turbina del Mavros IV disminuyó hasta convertirse en una vibración sorda y uterina a medida que el yate se deslizaba por la entrada secreta de la cala este de Kythira. Atrás quedaban las aguas turbulentas de la fosa de Milos y el armatoste humeante del buque panameño, sepultado ya bajo miles de metros de agua salada junto a las ambiciones frustradas de los técnicos de la City de Londres. La noche comenzaba a ceder ante los primeros trazos de un amanecer que te