El puerto de Long Island amaneció sepultado bajo una capa de niebla gris, tan densa y fría que parecía el aliento de los muertos que habíamos dejado atrás en el Mediterráneo. Las grúas comerciales se alzaban en la distancia como esqueletos de acero negro custodiando los secretos que el Atlántico arrojaba a nuestras costas. Eran las cinco de la mañana, la hora en que Nueva York cambia de guardia y la mafia de cuello blanco duerme, dejando las calles a los verdaderos dueños de la sangre.
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