El Gran Salón del Hotel Plaza resplandecía bajo la luz de veinticuatro lámparas de cristal de Murano, proyectando destellos dorados sobre el mármol pulido y las joyas de la élite financiera de Manhattan. Nueva York se arrodillaba ante el poder no con banderas, sino con cuentas de inversión y susurros de pasillo. Después del incendio en los muelles de Brooklyn y la desaparición de los Moretti en las aguas negras del East River, Wall Street había entendido que el flujo del dinero mundial ya no pa