El rugido de los motores Rolls-Royce de nuestro jet privado era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio sepulcral que se había instalado entre Mavros y yo desde que dejamos el muelle de Long Island. Volábamos a once mil metros sobre el Atlántico, cortando las nubes nocturnas en dirección a los Alpes suizos. Abajo, el océano era un abismo oscuro y líquido; dentro de la cabina de lujo, iluminada apenas por las luces de cortesía de color violeta estético, el aire pesaba más que las p