El amanecer en Kythira no trajo la calidez habitual. Un aire denso, cargado de la estática de los servidores que aún zumbaban en el búnker, envolvía la villa. Italia se había despertado a oscuras, y el eco de ese apagón resonaba en las pantallas de nuestra sala de mando como un grito silencioso. El norte industrial, el corazón financiero de Europa, estaba paralizado. Las fábricas de Milán eran monumentos de acero frío y las bolsas de valores no eran más que pantallas negras. Habíamos reclamado