El silencio que siguió a la grabación de la Condesa en el búnker de Kythira fue más pesado que el mármol de las tumbas vaticanas. La voz de esa mujer, destilando un veneno que el tiempo no lograba diluir, flotaba en el aire acondicionado como una promesa de naufragio. Mavros permanecía inmóvil, con la mirada fija en los espectros digitales de la pantalla, mientras su mano apretaba mi hombro con una fuerza que buscaba anclarnos a ambos a una realidad que se nos escapaba entre los dedos.
—Sicilia