El Conde d’Amico creía que podía marcharse de Kythira con la satisfacción de quien ha puesto una soga al cuello de un animal acorralado. No entendía que Mavros Kyriakos no era un animal, sino la fuerza que movía los engranajes de su propia jaula. En cuanto la estela de su barco desapareció en el horizonte del Jónico, el silencio en la sala de mando de la villa se volvió tan denso que casi se podía tocar. Ya no había espacio para la ternura doméstica ni para las risas de los niños; el aire olía