La victoria en el Vaticano había dejado un rastro de ceniza en nuestras gargantas que ni el mejor vino de la bodega de Kythira podía borrar. Habíamos regresado a la isla no como fugitivos, sino como fantasmas que habían saqueado el cielo. El silencio en la villa era denso, cargado de una electricidad que solo nosotros entendíamos. Los niños dormían bajo la vigilancia de Spiros, pero en nuestra suite, el aire estaba a punto de arder.
Mavros estaba de pie frente al ventanal, observando el mar Jón