El sol de media mañana en Kythira no pedía permiso; entraba a raudales por los ventanales de la suite principal, pintando franjas de oro sobre las sábanas de seda que apenas nos cubrían. Después de la tempestad de Roma y el asalto al Vaticano, el silencio de la isla se sentía casi como una anomalía, un zumbido sordo en los oídos de dos personas que estaban acostumbradas al estruendo de la pólvora. Pero no era un silencio vacío; era una tregua densa, cargada del aroma a sándalo de Mavros y del r