El aire en la antigua villa de los Kyriakos, en las colinas de Lombardía, era espeso y helado. La niebla de Milán se filtraba por las ventanas, borrando la línea entre los cipreses y el abismo, creando un escenario perfecto para la muerte. Mavros revisaba el cargador de su subfusil, sus movimientos metódicos y silenciosos. Su rostro era una máscara de piedra, un bloque de hielo que había enterrado cualquier duda. Llevaba una camisa negra de seda que acentuaba la tensión de sus hombros y el acer