La brillante mañana en las colinas de Lombardía se abrió paso a través de la niebla espesa, disipando poco a poco el humo y el olor a pólvora que habían marcado la noche más larga de nuestras vidas. El castillo, que hasta hacía unas horas era un campo de batalla lleno de casquillos y sombras, ahora amanecía en un silencio sepulcral. Me encontraba de pie en la gran terraza de piedra, envuelta en la gabardina de Mavros, observando los viñedos que se extendían hacia el horizonte. El diamante negro